Es una bonita mañana de primavera. El sol se asomaba tímidamente entre nube y nube, como siempre. Tú maldecías el tiempo, la falta de calidez en las calles. El coche de caballos era bastante sencillo, no querías coger el ostentoso carro de tu madre que tanto llamaba la atención. Así que dejamos al cochero por ahí. Llevabas el pelo recogido detrás de una gorra que te hacía parecer como de clase media, siempre se han llevado mucho los tocados y sombreros en Inglaterra, aunque no entiendo muy bien de qué sol nos teníamos que cubrir. Caminábamos por calles abarrotadas, en un día de sábado, tratando de mezclarnos con el resto de gente de éste país, al que ni tú ni yo pertenecemos.
Nada de mostrar tu rostro en público conmigo,claro, así que esas gafas, la barba postiza y toda esa pantomima me hacen gracia. Eso si, la camisa siempre mostrando un poco el pecho, ya que llevas años tratando de escandalizar a tu madre con estas atrevidas camisas. Hueles bien, a esa mezcla del algodón de tu ropa, esa lavanda a la que huele tu baño y el tabaco de tu pipa, siempre igual. En tu afán de vestirme de princesa, o por lo menos que deje de llevar escotes pasados de moda a las fiestas de la orden, me llevas paseando, disimuladamente, a una calle Camden llena de tiendas. La gente sencilla pasea por los canales antes de llegar a los establos. Sonrío, pues me encanta la forma en la que, como quien no quiere la cosa, me comprarás todo lo que te llame la atención de las tiendas sin tan siquiera darme cuenta. Y después pasaremos a ver a tus caballos, como si esa no fuera tu intención desde el principio.
Una tienda de ropa de mujer emerge al girar una esquina, antes de llegar a los canales. las mejores telas, no es una tienda del centro, con los modelos más exclusivos, pero a ti ten encantan los broches de cristales que venden ahí. Es tan curioso estar contigo delante de un pavo real hortera de plata y pequeñas esmeraldas, escucharte hablar con el jefe del conjunto de piedras para ver qué trabajo mágico podrían realizar conmigo. El pobre deva insinúa que solo tenía la esperanza de ir en el abrigo de alguna señora de cincuenta años y descansar en un joyero por unos cuantos años, aunque tú insistes en mejorar mi paciencia sería mejor tarea para los siguientes años. Me hago un poco la tonta y disimulo mi risa, cuando apunto que ese broche no es muy adecuado para mi. Te escucho pensar "ciertamente, mejor ese de ónix con aguamarina, la ayudará a superar traumas de la infancia". Decido seguir haciéndome la ignorante y te digo que esa flor de ónix y aguamarina me encanta. "Si, ese, cariño" piensas. El dependiente insinúa que mi papá debería comprarme el precioso broche que hace juego con el vestido turquesa que estaba mirando.
-No, no. El vestido no, es demasiado caro -comento en voz baja cuando el joven se marcha a buscar mi talla a la trastienda.
-¿Qué más da? -dices con esa cara de "te compraría todo Hamley's, si me lo pidieras"
-Papá, -bromeo.- mi sueldo en la fábrica no me permite ni el vestido ni el broche, no sé por qué te empeñas...
-Bah, pues entonces solo el broche, que hace juego con tus ojos y tu pelo -comentas con una sonrisa traviesa
El dependiente envuelve la joya en una bonito papel y lo pone en una bolsa. Esa misma noche tendré el vestido en el buzón de mi casa, lo sé... conocemos el juego de sobra. Al salir de la tienda me pones en la solapa de la chaqueta el broche, fingiendo que queda precioso y fingiendo que es una mera decoración a mi ropa, cuando lo que realmente haces es ponerme tareas para el resto del mes con el maestro que va colgado de mi chaqueta. Sonrío y te digo que te quiero. "Papá".
Paseamos durante un buen rato, pasamos por una zapatería y miras a mis pies con gesto de reprobación.
-No sé cuál es esa manía de llevar zapatos rotos, esos están ya estropeados -dices con cierto tono de enfado
-Cariño, solo llevan la suela un poco desgastada, se pueden arreglar
-Claro, tú, hasta que no se te salgan los dedos de los pies y te mojes en los charcos no eres feliz.
-Ay! déjame -me quejo entre risas
Me tienes dando vueltas por la tienda, mientras buscas y pides mi talla de varios modelos. Me siento, como una señorita, viene un muchacho de no más de doce años a ponerme el zapato sobre el pie derecho. Me levanto y lo cojo yo misma, pues me trae ciertos recuerdos y prefiero hacerlo sola.
-Estos sí puedo pagarlos -sonrío mientras te miro
"Bueno, preciosa, si quieres jugar a las casitas, te dejo pagarlo y luego te compro tres pares más para enviarlos a tu casa..." piensas.
-Claro, pequeña, llevémonos esos. Eso si, mozo, sácame una talla más pequeña, a ver si tienes es modelo en versión reducida para canijas
Pongo cara de enfado mientras el joven se pierde por la trastienda esta vez llena de zapatos. Miras a un lado y a otro, como buscando espías. La puerta de la tienda está cerrada, no hay nadie mirando. Me pintas un beso sorpresa y sé que cuando salgamos a mezclarnos entre la muchedumbre, cuando lleguemos a la parte del mercado, me dejarás cogerte del brazo y puede que hasta tocar tu mano. Y yo, con un zapato nuevo en mi pie, ignorante al saberme solvente para llevarme un solo par, salgo de allí con mis bolsas de regalitos

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