domingo, 1 de enero de 2012

Una noche inolvidable

Con estas palabras quiero reinventar nuestras vidas y, ¿por qué no? imaginar que aquel fin de año fue diferente. Espero que te guste, mi amor.

Aquella noche me había arreglado para salir. Mis padres se habían ido al pueblo, dejándole la casa entera durante unos días a una adolescente de quince años. Puse la música muy alta, Craig David, mi cantante británico preferido, descubriendo aquel primer disco que tanto supuso para mi. Su voz melosa y aterciopelada de galán se entremezclaba con los vapores fragantes que flotaban en el baño. Un estupendo body milk de la nueva colonia, regalo de Navidad, cubría mi cuerpo recién salido de la ducha. El modelito que escogí llevaba casi un año en mi armario, esperando una noche como aquella para vestirme de gala. Era azul oscuro, de terciopelo y algo ajustado, sin mangas y unos botoncitos en el pecho muy sugerentes. Era un vestido no demasiado atrevido, pero si, como decía mi madre "de mayor". Procedí a arreglarme el pelo, que cuidadosamente había dejado rizado durante toda la noche anterior y hasta aquel momento. Mi cabello es una especie de liso extraño que con la humedad de Valencia y el mar cerca se me ondula con mucha facilidad, así que, tras sacarme los rulos y darme con el secador, se me quedó una melena espesa de leona que nadie hubiera esperado. Llevaba

Me extendí una capa de maquillaje sobre la cara. Los polvos, el color en los ojos, una fina línea negra sobre los párpados, haciéndolos más almendrados, rímel, brillo de labios y después de casi una hora en el baño y un último vistazo en el espejo, pude afirmar que ya estaba lista. Los zapatos llevaban algo de tacón, para lo poco acostumbrada que estaba a andar en las alturas. Así que salí con el abrigo que siempre me ponía para salir, ese que se ceñía a la cintura y llevaba un poco de vuelo.

Sonó en timbre en casa de mi abuela, que me esperaba para cenar, pues estaba sola y me gustaba mantener la tradición de pasar con ella esa noche, y la puerta de hierro del portal se abrió. Olvidé los soeces comentarios de algunos de los transeúntes que me veían pasar vestida para la última noche del año, con mis quince años. Traté de no impacientarme y pasar un rato con mi abuela, que había preparado una cena sencilla, pero como siempre, me pelaba y quitaba las pepitas a las uvas. Siempre me había mimado así, aunque por otra parte me hubiera curtido con duras lecciones de vida. Brindamos con un poquito de sidra, que le gustaba más, y con el último chin chin y mi móvil vibrando en el minúsculo bolso, me despedí de ella, felicitándole el año y me encaminé hacia casa de mi amiga Elisa. Como siempre, caminando sola por la calle de noche, sin mucho miedo de lo que pudiera pasar, enfilándome hacia casa de mi amigas, que bajaban al portal  y ahí estaba yo, estupenda y preparada para comernos la noche.

Una última copa en casa de Elisa,  que por cierto, y para no perder la costumbre, no estaba arreglada, andaba con las medias y el pelo a medio planchar, dándole vueltas a varios vestidos, paseándolos delante del espejo de su armario. Por fin llamaron Irene y Sofía al timbre. Y el padre de mi amiga nos dio un último beso y nos pidió que "lleváramos cuidado". Así que ya abajo, casi todas juntas, pues faltaban un par de amigos que nos encontraríamos diractamente en el local, nos saludamos y nos paramos a esperar a un taxi en la misma avenida de Peris y Valero. El taxista, un poco malhumorado por trabajar aquella noche, nos dejó en la puerta de la discoteca de moda del momento. He de decir que todas mis amigas son un poco mayores que yo, así que yo siempre iba colándome en todas partes, algo a lo que ya estaba acostumbrada y tenía superado.

La música estaba tan alta que apenas ponía escuchar las risas de mis amigos al ver entrar a cualquier de los del grupo con camisa y corbata. Aquello era surrealista, pues aunque las chicas solíamos arreglarnos para salir, los vaqueros eran la prenda más elegante con la que había visto a nuestros chicos saliendo de marcha. Nos dimos unos besos, estuvimos de bromas, nos reímos. Aquella hubiera sido una noche más (además de que las copas costaban el doble) de no ser por una mirada que se me cruzó. Irene ya se había separado del grupo y andaba en la pista con un moreno que cuando ella no miraba hacía gestos a sus amigos de haber triunfado. No me gustaban los pavos reales extendiendo sus plumas. Y desde luego, no pensaba que una discoteca fuera el mejor lugar donde conocer a un nuevo amor, pero una parte de mi se moría de envidia, porque siempre me quedaba sosteniendo la copa y mirando al infinito, mientras mis amigas se dejaban comer la oreja. En ese caso disfrutaba de la sensación de libertad de la música, de las ganas de volar con cada movimiento. De las bromas pesadas del amigo de turno que quería intentarlo con Elisa.

Levanté mi copa una vez más. Ron con cola, para no variar y me terminé la segunda copa gratis que venía con la entrada. De mis amigos, varios de ellos intentaban algo con alguna, pero aquella noche estaba todo el mundo más en la música y la fiesta que en esto. Miré distraída hacia la barra y un chico con camisa marrón oscura, abierta un botón más de lo necesario y sin corbata, apoyaba un codo en la barra y fijaba la vista en mi. Me descubrí parando de bailar al momento y pensando que era increíblemente guapo. Uno de sus amigos amigos se le acercó y le dijo algo divertido. Rió mostrando una sonrisa perfecta, echándose una melena color rubio caramelo hacia atrás. Lo llevaba largo y suelto sobre los hombros, y aunque la ropa era apropiada para la noche, su actitud y la forma de llevar el pelo le delataban: odiaba vestirse de gala. Disimulé y seguí bailando, aprovechando el cambio de canción. Se me acercó Salva y bromeó acerca del movimiento estúpido que estaba haciendo Juan al bailar. Por fin no pude contenerme más y me acerqué a la barra, tenía tres para elegir, pero yo me dirigí hacia donde estaba él. Hablaba con sus amigas y parecía tener mucho éxito, y, a sabiendas de que sería un tremendo fracaso, me puse a su lado. Quise armarme de valor, pero flaqueé y solo me atreví a pedirle más de lo mismo al camarero. Suspiré y abrí mi monedero en busca del ticket. Y en ese momento una mano rozó mi brazo con mucho cuidado y me giré para comprobar que el chico desconocido me sonreía. Lo vi dispuesto a pagar la copa, pero sin ánimo de hacerle parecer tonto, le dije que la entrada venía con consumiciones. Yo siempre desaprovechando las mejores. El chico parecía tener más de veintitantos y sus ojos grises se me clavaron de forma extraña y conocida. Sonreí le dije que podía invitarme a la siguiente, pues ya se terminaban los tickets.

-Claro, así, mientras terminas, puedes decirme cómo te llamas.-pidió retomando las ganas y olvidando el safortunado comentario.
-Me llamo Raquel -dije cerca de su oído, a causa del bullicio. Me acercó una mano por la espalda, sin bajar a la cintura.
-Encantado, yo soy Alexander. -me quedé extrañada con el nombre, pues su castellano era perfecto -Bueno, realmente es Alexandros, mi familia es griega, pero he pasado muchos años en España.

Me contó, con un divertido acento cantarín, que estudiaba filosofía en la universidad, que su familia le había mandado a estudiar a Valencia y que pensaba quedarse el tiempo que tardara en terminar carrera. Al decir la palabra " Universidad" eché un pequeño paso atrás y me di cuenta de que estaba jugando con mayores. Alexandros se dio cuenta y precipitadamente dejó de tocarme la espalda. Y entonces llegó la pregunta incómoda:

-Bueno ¿y qué hace una chica tan guapa con su vida? -preguntó interesado.
-Estudio...-dudé unos instantes -Me preparo para la Selectividad -Realmente, cualquier curso podría considerarse una preparación para el acceso a la Universidad, visto así. De hecho, hasta el preescolar y la primaria.

Decidí cambiar de tema , y él me pidió que bailara con él, esta música extraña que realmente no se podía practicar en pareja. Terminé mi copa después bastantes canciones y lo cierto es que por fin sonó un ritmo más pop que si podíamos bailar juntos. Se me acercó despacio y me puso una mano en la cintura y suavemente me llevó a través de la melodía hacía unas ganas tremendas de besarle. Me quedé a pocos centímetros de su boca y miré a todas partes, suponiéndome ruborizada hasta las cejas. Al rato me preguntó si quería beber algo más y asentí. Me quedé sola un momento mientras él se alejaba. Volvió, ante mi sorpresa, con el abrigo puesto a buscarme. Me condujo hasta guardaropía y pedí el mio. Salimos del local, dejando atrás una gran cola de gente que no tenía su entrada comprada. Sonrió y se puso delante de mi:

-Te invito a una copa, pero no aquí, prefiero un sitio donde poder escucharte.
Me hizo caminar un par de calles, pues stenía el coche muy cerca y de camino preguntó si tenía frío. Me quedé sorprendida al ver su coche negro y con mucha naturalidad me dijo:

-Es un Mercedes Kompressor SLK. -Me abrió la puerta con cuidado y se subió en el asiento del conductor.

No estaba muy acostumbrada a ver éste tipo de joyas del motor, pero disimulé, pues pensé que ya se habría dado cuenta de que no solo era menor, sino que tenía quince años. Y como si me estuviera leyendo el pensamiento, dijo:

-No te preocupes, que ya sé que no tienes dieciocho...esta noche te prometo dos cosas -me miró fijamente a los ojos -La primera es que ésta va a ser una noche inolvidable. La segunda es que no te voy a hacer nada que pueda dañarte.

Sonreí al ver sobre la guantera una caja de CD's recopilatorio de "Queen", pues siempre ha sido el grupo referido de mi padre y la música que marcó mi infancia. Sonreí ante las promesas de aquel desconocido y simplmente asentí. Generalmente era una cabeza loca. Eso decían todos. En cualquier situación similar me moría de miedo y salía huyendo, pero había algo familiar y agradablemente conocido en los ojos de Alexandros. Encendió el coche y puso música. Precisamente sonaba "love of my life" y sonrió mirándome, acariciándome la mejilla con el dorso de su mano.

Finalemte llegamos a una calle céntrica abarrotada de gente. Por el camino, Alexandros se sorprendió de que me gustara música que en teoría era tan antigua para una chiquilla como yo. Hablamos de música y descubrí que la forma en la que se le iluminaban los ojos al hablar del tema se parecía mucho a la mía cuando hablaba de letras. Entramos en una especie de cocktelería pija, llena de personas de más de treinta años muy arregladas. Sospeché que me pedirían el dni en la entrada y que ahí terminaría la noches, pero Alexandos simplemente entró por la puerta VIP y saludó al seguridad de la entrada. Me llevó a una sala con unas mesitas iluminadas por velas de té, donde nos sentamos. Las paredes estaban forradas con papel con cenefas florales y las lámparas y espejos me eran realmente familiares.

-Siento como si ya hubiera estado aquí...-dije meditativa.
-Esta es la sala Victoriana...¿verdad que es todo muy...como estar en casa? -asentí.-Bueno, te dije que esta noche sería inolvidable, y hablaba también por mi parte. Eres preciosa y no quería estar contigo en una discoteca llena de ruido. Prefiero escucharte, que hablemos de quiénes somos...

El camarero se acercó y pidió un par de cóckteles. Brindamos por aquella noche mientras descubría que había una persona en el mundo capaz de terminar las frases por mi, con mis mismas inquietudes y sueños. Hablamos durante horas de filosofía, una tema algo inusual en las chicas de mi edad. Cuando las copas estaban por la mitad, se me acercó despacio y me acarició la mejilla con la mano.

-Eres increíble...siento como si te conociera y no dejo de pensar...
-Dónde has estado metido todo este tiempo -terminé la frase por él, y sus manos se deslizaron por mi cara para buscar mi beso, un beso que supo a algo dulce y merecido. Cuando sus labios tocaron los mios me sentí volar.

Suspiró al separarse de mi y me sonrió. Bebimos un poco más, mientras se me acercaba cada vez un poco más y al son de algún tipo de música lenta que no conseguí distinguir me besó y sostuvo mi cara entre sus manos, para después bajarlas por mi espalda con caricias. Cuando terminamos la copa dijo:

-Te llevaría ahora mismo a mi casa y te sacaría de aquí, pero no quiero que tengas una idea equivocada de mi...
-Vámonos -le dije ante su asombro.

Y llegamos en su coche de ensueño a un ático de la calle Cádiz con vistas al centro a eso de las cuatro de la madrugada, con la risa tonta del cócktel y el extraño subidón de la droga de sus besos. Me sentí estúpida al pensar que me estaba enamorando y que apenas le conocía hacía unas horas. Una parte racional de mi ser clamaba a la cautela, pensando que podría dejarme en la cuneta de cualquier carretera... pero no, era maravillosa la forma en la que nuestras palabras, nuestros besos, nuestras aficiones e incluso nuestros labios encajaban a la perfección. Y como si hubiera sentido un ápice de duda en mi, más bien como si me hubiera leído el pensamiento, me dijo:

-Raquel, no te preocupes, no te haré daño, si quieres te llevo a casa o con tus amigas o donde quieras.

En respuesta a esto le abracé fuerte mientras le besaba y el ascensor nos llevaba a la última planta del edificio. Me abrió la puerta de su casa, decorada con muebles de diseño, algo sobria pero moderna. Me ofreció algo de beber y acepté un Nestea. No paraba de sonreír al mirarle, como si fuera tonta. Comenzamos a besarnos al rato de ver su colección de libros, y al sorprenderme contemplando con ojos de plato la Odisea, me besó hasta llevarme a su habitación. Abrió la cama mientras yo entraba y me cogió en brazos para llevarme a la cama.

Y ahora es cuando, querido lector, esperas los fuegos artificiales, pero con sus manos en mi piel, y sus ojos clavados en mi alma, no hubo más que la sensación de volar y sentir como el universo conspira para que todo esté en su sitio. Paseó sus manos por mi cuerpo desnudo sin apenas llegar a ninguna parte comprometida, arrancándome más suspiros y sensaciones solo con la palma de sus manos que ninguna otra experiencia. Me sostuvo entre sus brazos como si fuera lo más preciado del mundo y yo pensé qué hubiera sido de mi si ahora estuviera bailando en aquella discoteca con el chico guapo de turno.

-¿Quién eres? -le pregunté mientras sostenía mi cara a dos centímetros de su boca.
Él se limitaba a sonreír sin llegar realmente a contestar. Le pedí que me besara toda la noche, mientras me deshacía en sus brazos, que me sostenían fuerte. Él me dijo que no quería hacer "nada más" y yo sentí que no desearía estar en ningún otro lugar en el mundo que aquel. No sé muy bien cuántas horas pasó acariciándome, pero antes de que amaneciera de nuevo me quedé dormida sobre su pecho mientras mi pelo rizado dibujaba formas sobre mi espalda y la sábana azul de su cama. Me tapó un poco más para que no pasara frío y me miró dormir el resto del tiempo, mientras besaba mi frente y repetía susurrando "preciosa". Fue una noche inolvidable, para ambos.

Y ahora déjame que me cuele en el presente y te diga, amor mio, que aunque esta noche no sucediera así, tu has hecho que esta noche exista para mi, haciéndome más libre, más mujer, más tuya. Tú haces que esta noche sea real cada noche, haciéndome olvidar todo aquello que no merece la pena. Te amo. Gracias por pintar mis días con tu luz. Para ti y todos tus yos es este relato.