domingo, 22 de mayo de 2011

Una mañana cualquiera


El sol se alzaba sobre aquella cafetería frente al antigua ágora, girando un poco la plaza Monastiraki. Despoina caminaba despistada, con el pelo rizado medio echado sobre la cara, a grandes zancadas, como con mucha prisa. En su poco más de un metro sesenta se notaba una mezcla de nerviosismo con enfado, como si llevara mucha crispación consigo, en su caminar. Sos ojos verde intenso, clavados en el suelo mientras murmuraba, como una cantinela "Dimitri, siempre igual, siempre dejándome tirada... ya es la tercera vez que lo haces". Sus rizos danzaban al compás de su caminar mientras se acercaba al punto exacto donde había quedado, cuando se sorprendió al ver a un chico de espaldas que sin duda era su compañero de facultad, esta vez quizás enmendándose y dispuesto a realizar su parte de la investigación de la clase de "historia de la arquitectura clásica", en la que Despoina no pensaba sacar menos de un nueve, se pusiera como se pusiera su compañero de fatigas universitarias. Ella sabía bien, que pese a sus pocas ganas de relacionarse con cualquier individuo para más que no fuera trabajar y quizás salir a tomar alguna copa de ouzo, Dimitri se le había insinuado en varias ocasiones. Y Despoina había sido contundente al respecto. Pero al parecer, las sutilezas con este chico no iban a ninguna parte. Simplemente no le nacía una aventura romántica si no se le despertaba aquello que fuera de lo que hablan las películas. O como fuera. Se encontraba lidiando con todos estos pensamientos, mientras, a toda prisa, se sentó en la cafetería frente al ágora, dejando una montaña de libros sobre la mesa, sin mirar muy bien hacia ningún lado y dijo:

-Dimitri, llevamos semanas de retraso con el trabajo... ¿de verdad piensas que lo voy a hacer todo yo? pero bueno, me alegra que te hayas dignado a aparecer, muchas gracias, me siento honrada...

Despoina se quedó de piedra cuando vio a un joven que tecleaba y la miraba por encima de la pantalla de su portátil. Paró su perorata de pronto y se hizo el silencio. Dejó de maldecir a diestro y siniestro y observó al chico que no llegaría a los treinta años, con el pelo castaño y algo largo, de piel algo morena y, dicho sea de paso, ciertamente atractivo. Se levantó de un salto, un poco avergonzada, con el desconocido mirándola de frente, como si hubiera un muelle en la silla, pidió disculpas y sin tiempo a racionalizar la sensación de cercanía que estaba sintiendo, el sentimiento de "estar en casa", se levantó.

Kostas miraba a la chica que había caído como del cielo, sentada sobre su mesa, con aires de inteligencia distraída y en su propio mundo, dulce y decidida. Ella llevaba una bonita camisa blanca de algo como lino, medio transparente y con mangas anchas con un vaquero sencillo, ropa de estudiante, a fin de cuentas. Él, siempre elegante delante del papel, pues era escritor, una de sus mejores camisas, la azul claro, con los botones del pecho un poco abiertos, con pantalón negro. Se miraron durante un instante que pareció infinito, superando ciertas barreras del tiempo y espacio, traspasando ciertos límites del alma que, como dos desconocidos, ninguno esperaba traspasar. Apenas podían pasarlo por el filtro de la mente, esta que todo lo mete en cajones dentro del caos en que a veces se ve sumido el corazón. Así que Kostas, un poco más sereno que ella, y mirándola directamente, le dijo:

-Una chica preciosa me ha caído del cielo.

Despoina se quedó sin habla por unos instantes, a lo que Kostas contestó:

-Deberías quedarte, puedo invitarte a desayunar, no todos los días pasa esto. 

Y Despoina, en medio de un nuevo caos que su cerebro no podría gestionar, se sentó de nuevo, sin saber muy bien por qué, atraída por el misterio del guapo desconocido. Se sentó consciente, aunque fuera muy adentro de su alma, que esa mañana algo cambiaría en su vida. Pues su diosa Hekate, a la que su familia le rendía culto desde hacía generaciones, se las gastaba así.

-Disculpa, no quería incomodarte, solo te confundí con alguien con quien estoy muy enfadada, me marcho ya. -Y aunque decía que se marchaba, a sus pies le costaban arrancar. Se levantó, pero Kostas acercó su mano a la suya y, tomándola suavemente dijo:
-No, por favor, no te vayas.

Y Despoina, soltando el bolso en la silla de al lado, sin dejar de mirar los ojos de Kostas, se sentó de nuevo, fascinada ante la nueva gama de sensaciones que estaba experimentando en apenas unas horas de mañana. Se sentó sin dejar de mirarle, y se quedó.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Piedras

Llevabas muchos años esperando esto. O eso creo. Hoy sentí de nuevo el vacío y la desaparición de saberte fuera de mi vida, de recordarme como una vagabunda, buscándote en otras personas y no encontrándote. Hoy se me desagarró el alma al mirar al pasado y verte en él. Así que, para acallar dudas y miedos, he decidido escribirte un poco más hoy nuestra historia.

La clase era bastante reducida, no habían muchos alumnos. Era la primera clase de magia y sanación con piedras y aún no conocía al profesor.. Llevaba un par de semanas en aquella escuela, de la que tanto renegaba mi padre y tan mal me hablaba. Todavía recuerdo cuando, con no más de siete años, vinieron a buscarme a la salida del trabajo porque querían hablar con él, me pidieron que les llevara a casa, y yo me quedé con un chico simpático fuera, en la puerta de aquella destartalada vivienda que compartíamos con una familia de irlandeses. Eran tres hombres vestidos muy elegantemente, pero sin llamar demasiado la atención, pues Whitechapel no es el mejor de los barrios para pasear. Dos de los hombres eran bastante mayores, pasarían los cuarenta. Abrí la puerta de casa, subí las escaleras, y volví a abrir la siguiente con la llavecita más pequeña que colgaba de mi cuello. Llamé a mi padre, que estaba leyendo el periódico sentado sobre el sofá mohoso que nos habían regalado los Flanagan. Al fondo de la habitación estaba Sofía jugando con un retal de trapo, haciendo un vestidito a un trozo de caja al que le habíamos pintado cara para hacer de muñeca. Los hombres le dijeron algo a mi padre directamente en griego, pues no lo entendí. Nos pidió que saliéramos las dos de allí, bastante enfadado. Sofía cogió su muñeca y yo la cogí de la mano. Bajamos despacio las escaleras, apurando los segundos para descubrir una palabra inteligible, una frase. Pero nada.

Sofía se quedó con la pequeña de los Flanagan, que salió al oírnos bajar. Yo, como me aburría jugando con muñecas, y además ya no me sentía en edad para ello, salí de casa a sentarme en la acera a tratar de escuchar la conversación mediante otros métodos. Me concentro durante unos instantes en ellos, pero lo único que recibo es palabras en griego de nuevo y me encantaría que mi padre se hubiera molestado en enseñarme mi lengua natal. Suspiro y me pregunto por qué no cogí la chaqueta al entrar en casa, pues el cielo estaba lleno de nubes grises de nuevo. 

Mi enfado se ve quebrado por el saludo del tercer hombre que vino a buscarme al trabajo. Como una sombra, se sienta a mi lado y al principio siento algo irracional, no es miedo, pero es un sentimiento tan fuerte, que una niña de apenas siete años, no puede racionalizar. Me temblaba todo el cuerpo me abracé las piernas y miré al suelo. Me ofreció un caramelo. Lo tomé y al estirar mi mano miré su rostro. Si después de la muerte de mi madre, de la enfermedad de Sofía, del intento de violación de mi vecino y las noches en la taberna de mi padre, si aquellos ojos no eran de un ángel, yo debía haber aterrizado en medio de una nube en Whitechapel. Cuando tocó mi mano, la aparté deprisa, asustada, cuando sentí un calor que desprendía chispas saliendo de nuestras manos. No quería mirarle, porque sabía que de un momento a otro desaparecía y me daba miedo, así que acepté el caramelo y miré de nuevo al suelo. Recuerdo lo asustada que estaba y no paraba de preguntarme qué diablos había hecho para que algo tan hermoso se acercara a mi. Y mi mente de niña no podía parar de pensar que en algún momento se estropearía, como todo lo que tocaba.

Allí estaba, siete años después de que vinieran a buscarme. Me había convencido a mi misma de que aquel chico que se sentó a mi lado no existía, había sido producto de mis más locas fantasías. Me inventé una y mil veces su cuerpo, guardé su voz como un tesoro en mi memoria. Había pasado el tiempo y allí, delante de las mesas de aquella madera que parecía tan cara, me senté a esperar al profesor. En la sala de clase de piedras, tan espaciosa, luminosa y con miles de cajoneras al fondo llenas de piedras y más piedras. La puerta se abrió y yo me pregunté quién sería el maestro que tan largas vacaciones se había tomado. Miré un poco más por la ventana, y los jardines asomaban hermosos ante otra mañana gris. La pesada puerta se abrió y mis ojos se cruzaron con los suyos. Atravesó mi alma, por sorpresa, sin avisar. No, no podía ser. Su mirada de ángel, ofreciéndome un caramelo. Su voz de tesoro, dándonos los buenos días. Y sin más, me miró perplejo unos instantes. Quise imaginar que no era cierto, que no me miró, para calmar mi corazón. Y todo mi ser se estremeció, desde una parte muy lejana y profunda. Una mirada que deseé que nunca acabara, o más bien no hubiera existido nunca. Pues yo sabía que sería el camino a mi perdición. Así que, tras unos momentos en los que el tiempo parecía un péndulo en suspensión, él comenzó la clase, Me obligué a mi misma a mantenerme como encerrada dentro de una piedra, en ese lugar donde siempre escapaba, donde no había que expresar emociones. Y allí me quedé todo el tiempo que, afortunadamente, no fue eternamente.

martes, 10 de mayo de 2011

Zapatos


Es una bonita mañana de primavera. El sol se asomaba tímidamente entre nube y nube, como siempre. Tú maldecías el tiempo, la falta de calidez en las calles. El coche de caballos era bastante sencillo, no querías coger el ostentoso carro de tu madre que tanto llamaba la atención. Así que dejamos al cochero por ahí. Llevabas el pelo recogido detrás de una gorra que te hacía parecer como de clase media, siempre se han  llevado mucho los tocados y sombreros en Inglaterra, aunque no entiendo muy bien de qué sol nos teníamos que cubrir. Caminábamos por calles abarrotadas, en un día de sábado, tratando de mezclarnos con el resto de gente de éste país, al que ni tú ni yo pertenecemos. 

Nada de mostrar tu rostro en público conmigo,claro, así que esas gafas, la barba postiza y toda esa pantomima me hacen gracia. Eso si, la camisa siempre mostrando un poco el pecho, ya que llevas años tratando de escandalizar a tu madre con estas atrevidas camisas. Hueles bien, a esa mezcla del algodón de tu ropa, esa lavanda a la que huele tu baño y el tabaco de tu pipa, siempre igual. En tu afán de vestirme de princesa, o por lo menos que deje de llevar escotes pasados de moda a las fiestas de la orden, me llevas paseando, disimuladamente, a una calle Camden llena de tiendas. La gente sencilla pasea por los canales antes de llegar a los establos. Sonrío, pues me encanta la forma en la que, como quien no quiere la cosa, me comprarás todo lo que te llame la atención de las tiendas sin tan siquiera darme cuenta. Y después pasaremos a ver a tus caballos, como si esa no fuera tu intención desde el principio. 

Una tienda de ropa de mujer emerge al girar una esquina, antes de llegar a los canales. las mejores telas, no es una tienda del centro, con los modelos más exclusivos, pero a ti ten encantan los broches de cristales que venden ahí. Es tan curioso estar contigo delante de un pavo real hortera de plata y pequeñas esmeraldas, escucharte hablar con el jefe del conjunto de piedras para ver qué trabajo mágico podrían realizar conmigo. El pobre deva insinúa que solo tenía la esperanza de ir en el abrigo de alguna señora de cincuenta años y descansar en un joyero por unos cuantos años, aunque tú insistes en mejorar mi paciencia sería mejor tarea para los siguientes años. Me hago un poco la tonta y disimulo mi risa, cuando apunto que ese broche no es muy adecuado para mi. Te escucho pensar "ciertamente, mejor ese de ónix con aguamarina, la ayudará a superar traumas de la infancia". Decido seguir haciéndome la ignorante y te digo que esa flor de ónix y aguamarina me encanta. "Si, ese, cariño" piensas. El dependiente insinúa que mi papá debería comprarme el precioso broche que hace juego con el vestido turquesa que estaba mirando. 

-No, no. El vestido no, es demasiado caro -comento en voz baja cuando el joven se marcha a buscar mi talla a la trastienda. 
-¿Qué más da? -dices con esa cara de "te compraría todo Hamley's, si me lo pidieras"
-Papá, -bromeo.- mi sueldo en la fábrica no me permite ni el vestido ni el broche, no sé por qué te empeñas...
-Bah, pues entonces solo el broche, que hace juego con tus ojos y tu pelo -comentas con una sonrisa traviesa

El dependiente envuelve la joya en una bonito papel y lo pone en una bolsa. Esa misma noche tendré el vestido en el buzón de mi casa, lo sé... conocemos el juego de sobra. Al salir de la tienda me pones en la solapa de la chaqueta el broche, fingiendo que queda precioso y fingiendo que es una mera decoración a mi ropa, cuando lo que realmente haces es ponerme tareas para el resto del mes con el maestro que va colgado de mi chaqueta. Sonrío y te digo que te quiero. "Papá".

Paseamos durante un buen rato, pasamos por una zapatería y miras a mis pies con gesto de reprobación. 
-No sé cuál es esa manía de llevar zapatos rotos, esos están ya estropeados -dices con cierto tono de enfado
-Cariño, solo llevan la suela un poco desgastada, se pueden arreglar
-Claro, tú, hasta que no se te salgan los dedos de los pies y te mojes en los charcos no eres feliz. 
-Ay! déjame -me quejo entre risas

Me tienes dando vueltas por la tienda, mientras buscas y pides mi talla de varios modelos. Me siento, como una señorita, viene un muchacho de no más de doce años a ponerme el zapato sobre el pie derecho. Me levanto y lo cojo yo misma, pues me trae ciertos recuerdos y prefiero hacerlo sola. 

-Estos sí puedo pagarlos -sonrío mientras te miro
"Bueno, preciosa, si quieres jugar a las casitas, te dejo pagarlo y luego te compro tres pares más para enviarlos a tu casa..." piensas.
-Claro, pequeña, llevémonos esos. Eso si, mozo, sácame una talla más pequeña, a ver si tienes es modelo en versión reducida para canijas

Pongo cara de enfado mientras el joven se pierde por la trastienda esta vez llena de zapatos. Miras a un lado y a otro, como buscando espías. La puerta de la tienda está cerrada, no hay nadie mirando. Me pintas un beso sorpresa y sé que cuando salgamos a mezclarnos entre la muchedumbre, cuando lleguemos a la parte del mercado, me dejarás cogerte del brazo y puede que hasta tocar tu mano. Y yo, con un zapato nuevo en mi pie, ignorante al saberme solvente para llevarme un solo par, salgo de allí con mis bolsas de regalitos

viernes, 6 de mayo de 2011

El pic-nic


Salimos de casa pasadas las doce de la noche. El peque acostado, el perro tranquilo en casa, hoy no hay que atender a 8 personas. Nos había dado algo de pereza, yo estaba punto de pedirte que nos quedáramos en casa porque tenía frio. Pero no, anoche no quería permitir que nada nos robara más tiempo, espacio y energía. Volvemos a la calle, a ratos nos cogemos de la mano. A ratos decidimos no arriesgarnos tanto. Llegamos el primer lugar donde compramos nuestro primer pic-nic, para repetir la experiencia. Te recuerdo sentada sobre los escalones de la facultad de Derecho, con el pan de molde entre tus manos. El derecho bendito a perderme en tus ojos. Te miro de nuevo, después de días de ausencia, ¿dónde te has metido? te creía perdida....

Y sigue ahí. No sé porque me permito tener miedo, a estas alturas. Tus ojos me devuelven el mismo te quiero infinito del día 15 de Marzo. Nos sentamos en un banco, preparamos nuestra cena secreta, pues alguien ya había cocinado en casa, pero ese ratito es solo nuestro. No paro de verte merodear por la casa enfadada por mil y una historias, triste por ciento y dos cuentos. Y solo puedo regalarte alguna que otra palabra, letras que rocen tu piel, para pintarte más sonrisas. Mientras montamos los sandwitches se nos cuela un amiguito, que quiere venirse a casa en mi bolso. Como siempre, me dibujas sonrisas en momentos difíciles.

Me imagino en tu parque preferido, con nuestra querida Alice viniendo cada poco tiempo a reclamar su ración de pic-nic. Para algo hemos comprado todas esas almendras, porque es nuestra ardilla preferida. Así que hoy, en medio de la noche, paseando, buscado tus ojos y encontrándomelos de nuevo, quiero decirte que las piedras luna siguen brillando mucho. Que de hecho todas las piedras brillan cada día más, a pesar de que a veces se nos nuble el cielo. Son cosas que pasan, es imposible que el Sol esté siempre radiante, aunque vivamos en España. Pero solo con saberte ahí, con recordarte cerca, mi corazón se calma y vuelve a volar. Así que vida mía, te espero, a que tus días sean más fáciles, y espero con ilusión a nuestro próximo pic-nic o té en el salón de casa. No importa el tiempo que necesites, seguiré ahí, pues solo necesito una mirada que me devuelva tus ojos brillando. Como las piedras. Te amo.