miércoles, 11 de mayo de 2011

Piedras

Llevabas muchos años esperando esto. O eso creo. Hoy sentí de nuevo el vacío y la desaparición de saberte fuera de mi vida, de recordarme como una vagabunda, buscándote en otras personas y no encontrándote. Hoy se me desagarró el alma al mirar al pasado y verte en él. Así que, para acallar dudas y miedos, he decidido escribirte un poco más hoy nuestra historia.

La clase era bastante reducida, no habían muchos alumnos. Era la primera clase de magia y sanación con piedras y aún no conocía al profesor.. Llevaba un par de semanas en aquella escuela, de la que tanto renegaba mi padre y tan mal me hablaba. Todavía recuerdo cuando, con no más de siete años, vinieron a buscarme a la salida del trabajo porque querían hablar con él, me pidieron que les llevara a casa, y yo me quedé con un chico simpático fuera, en la puerta de aquella destartalada vivienda que compartíamos con una familia de irlandeses. Eran tres hombres vestidos muy elegantemente, pero sin llamar demasiado la atención, pues Whitechapel no es el mejor de los barrios para pasear. Dos de los hombres eran bastante mayores, pasarían los cuarenta. Abrí la puerta de casa, subí las escaleras, y volví a abrir la siguiente con la llavecita más pequeña que colgaba de mi cuello. Llamé a mi padre, que estaba leyendo el periódico sentado sobre el sofá mohoso que nos habían regalado los Flanagan. Al fondo de la habitación estaba Sofía jugando con un retal de trapo, haciendo un vestidito a un trozo de caja al que le habíamos pintado cara para hacer de muñeca. Los hombres le dijeron algo a mi padre directamente en griego, pues no lo entendí. Nos pidió que saliéramos las dos de allí, bastante enfadado. Sofía cogió su muñeca y yo la cogí de la mano. Bajamos despacio las escaleras, apurando los segundos para descubrir una palabra inteligible, una frase. Pero nada.

Sofía se quedó con la pequeña de los Flanagan, que salió al oírnos bajar. Yo, como me aburría jugando con muñecas, y además ya no me sentía en edad para ello, salí de casa a sentarme en la acera a tratar de escuchar la conversación mediante otros métodos. Me concentro durante unos instantes en ellos, pero lo único que recibo es palabras en griego de nuevo y me encantaría que mi padre se hubiera molestado en enseñarme mi lengua natal. Suspiro y me pregunto por qué no cogí la chaqueta al entrar en casa, pues el cielo estaba lleno de nubes grises de nuevo. 

Mi enfado se ve quebrado por el saludo del tercer hombre que vino a buscarme al trabajo. Como una sombra, se sienta a mi lado y al principio siento algo irracional, no es miedo, pero es un sentimiento tan fuerte, que una niña de apenas siete años, no puede racionalizar. Me temblaba todo el cuerpo me abracé las piernas y miré al suelo. Me ofreció un caramelo. Lo tomé y al estirar mi mano miré su rostro. Si después de la muerte de mi madre, de la enfermedad de Sofía, del intento de violación de mi vecino y las noches en la taberna de mi padre, si aquellos ojos no eran de un ángel, yo debía haber aterrizado en medio de una nube en Whitechapel. Cuando tocó mi mano, la aparté deprisa, asustada, cuando sentí un calor que desprendía chispas saliendo de nuestras manos. No quería mirarle, porque sabía que de un momento a otro desaparecía y me daba miedo, así que acepté el caramelo y miré de nuevo al suelo. Recuerdo lo asustada que estaba y no paraba de preguntarme qué diablos había hecho para que algo tan hermoso se acercara a mi. Y mi mente de niña no podía parar de pensar que en algún momento se estropearía, como todo lo que tocaba.

Allí estaba, siete años después de que vinieran a buscarme. Me había convencido a mi misma de que aquel chico que se sentó a mi lado no existía, había sido producto de mis más locas fantasías. Me inventé una y mil veces su cuerpo, guardé su voz como un tesoro en mi memoria. Había pasado el tiempo y allí, delante de las mesas de aquella madera que parecía tan cara, me senté a esperar al profesor. En la sala de clase de piedras, tan espaciosa, luminosa y con miles de cajoneras al fondo llenas de piedras y más piedras. La puerta se abrió y yo me pregunté quién sería el maestro que tan largas vacaciones se había tomado. Miré un poco más por la ventana, y los jardines asomaban hermosos ante otra mañana gris. La pesada puerta se abrió y mis ojos se cruzaron con los suyos. Atravesó mi alma, por sorpresa, sin avisar. No, no podía ser. Su mirada de ángel, ofreciéndome un caramelo. Su voz de tesoro, dándonos los buenos días. Y sin más, me miró perplejo unos instantes. Quise imaginar que no era cierto, que no me miró, para calmar mi corazón. Y todo mi ser se estremeció, desde una parte muy lejana y profunda. Una mirada que deseé que nunca acabara, o más bien no hubiera existido nunca. Pues yo sabía que sería el camino a mi perdición. Así que, tras unos momentos en los que el tiempo parecía un péndulo en suspensión, él comenzó la clase, Me obligué a mi misma a mantenerme como encerrada dentro de una piedra, en ese lugar donde siempre escapaba, donde no había que expresar emociones. Y allí me quedé todo el tiempo que, afortunadamente, no fue eternamente.

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