martes, 30 de noviembre de 2010

Levántate

Son las mil de la mañana y como siempre, descansas mientras yo te escribo. La noche ha sido larga y complicada, como muchas otras. Pero yo respiro contenta mientras tú descansas. Espero a verte dormida, en silencio y me pregunto qué hice para merecer tal bendición. Hoy que me tomo la licencia de ser ñoña y almibarada, como siempre, pero sin máscaras. Tú, que portas la espada y el escudo, y yo, que no puedo hacer otra cosa que ofrecerte mis brazos para descansar en ellos. Ni si quiera estás derrotada, ni dolida, ni hecha pedazos. Y yo levanto la cabeza con orgullo por verte así, una persona digna, que no se arrastra. No lo cambiaba ni por una ni por mil vidas, si con mi humanidad, con mis "día a día", con los cambios de pañales, las siestas, las compras en el supermercado, he conseguido que subas más peldaños de la escalera de la felicidad. La mía va siempre hacia tus caderas, mi amor.

Si hoy te pido que te levantes será solo para eso, para verte de pie, delante de mi, con tu piel a escasos centímetros de mi alma, que se sale del cuarto, para buscar la tuya. De mis labios dormidos, cuyos besos te entrego cada mañana, nacerán las palabras de ánimo que nadie te ha regalado. No hay compasión, solo el reconocimiento de tu grandeza. Y tus sombras, aquellas que también amo.

Si hoy te levantas, me sentiré dueña también de tus victorias, porque eres musa, guerrera, mujer plena, madre, escritora, serpiente y además, la mejor compañera. Pero antes, descansa, permítete acomodarte en mi regazo y yo te daré el tiempo necesario para que vuelvas a levantarte, rearmada y con la lanza preparada. Porque no hay nada que no haría para evitarte cualquier dolor, si está en mi mano. Y mis manos escriben, para y por ti, así que hoy, antes de ver cómo te levantas, recoge todo lo que necesites de entre mis brazos. Yo prometo no decírselo a nadie. Y con el tiempo que nos sobre... nos podemos acariciar la espalda, ya sabes. Te amo.