
Se me olvidaba que teníamos piel. No se me había ocurrido que éramos personas. Son estas cosas que pasan, que cuando te miro a los ojos no hay mundo. Debe ser una blasfemia, no sé. Y más cuando se me olvida que no puedo besarte en público por que sí. Te acerco discretamente mi dedo meñique y cierro los ojos (como tú dices) con el tacto de tu piel. ¿Crees que lo verá alguien?
Respiro mientras camino a tu lado, rezando porque nadie se de cuenta de las miradas cómplices. Que hay que mantener las formas y ser amiguísimas. O esconder mi voz más eufórica cuando suena el teléfono en casa de mis padres, cuando estoy fuera de casa. ¿Quién te ha regalado esas flores? uy, ese anillo es nuevo ¿de dónde lo has sacado? y un sinfín de historias para no dormir. Para no dormir en tus brazos de forma clandestina, sino dormir legalmente, como una chica de bien, de esas que toman el té a las cinco de la tarde. Nada, que mejor no dormimos, dejamos que se nos haga de día como siempre.
Así que hoy me voy a permitir cerrar los ojos y dejar que el mundo desaparezca tras mis párpados. Prometo que los abriré poquito, solo el tiempo justo para comprobar que sigues ahí. Que por si me fallan los sentidos de nuevo, prefiero no tentar la suerte y asegurarme. Sí, sigues ahí. Tan preciosa como en mis sueños, con tus ojos de aceituna en medio de tu cara de luna. Aquellos sueños que tan de cabeza me traen cuando no despierto a tu lado, una tortura a la altura del mejor de los inquisidores, cuando te veo rodeada de agua, bañándote en un mar en calma a mi lado. Tu pelo flota cuando te sumerges conmigo y te adoro en cada mirada. Si dejamos que la brisa nos seque los cuerpos, con el sol como testigo, hasta la luna se ríe de mí si me despierto en mitad de noche. Luego trato de reconciliarme con mis sábanas, resignada al suplicio de no tocar tu piel mientras me quedo dormida. Las sábanas traidoras me rodean y me hacen creer de nuevo que estás conmigo, esta vez en casa, en nuestro sofá.
Pero hoy, cerrar los ojos no duele, porque sé que los abriré para que se encuentren con los tuyos. Que tu voz no está filtrada por ningún auricular, y que tu piel estará acariciando la mía. Y sí, a pesar de que por la calle me tendré que conformar con trastear con mi meñique, o podré hacerte la coleta con la excusa de tocarte el pelo... y puede que te dé un abrazo de amiguísima o juguetee con los pies por debajo de la mesa. Pero esto es mejor que 391 (eran tantos?) kilómetros de distancia, verdad? así que hoy enredaré mis manos en ti de la forma más discreta posible. Y te amaré como me dé la real gana. Hasta que lleguemos a casa. Le pese a quien le pese.
Respiro mientras camino a tu lado, rezando porque nadie se de cuenta de las miradas cómplices. Que hay que mantener las formas y ser amiguísimas. O esconder mi voz más eufórica cuando suena el teléfono en casa de mis padres, cuando estoy fuera de casa. ¿Quién te ha regalado esas flores? uy, ese anillo es nuevo ¿de dónde lo has sacado? y un sinfín de historias para no dormir. Para no dormir en tus brazos de forma clandestina, sino dormir legalmente, como una chica de bien, de esas que toman el té a las cinco de la tarde. Nada, que mejor no dormimos, dejamos que se nos haga de día como siempre.
Así que hoy me voy a permitir cerrar los ojos y dejar que el mundo desaparezca tras mis párpados. Prometo que los abriré poquito, solo el tiempo justo para comprobar que sigues ahí. Que por si me fallan los sentidos de nuevo, prefiero no tentar la suerte y asegurarme. Sí, sigues ahí. Tan preciosa como en mis sueños, con tus ojos de aceituna en medio de tu cara de luna. Aquellos sueños que tan de cabeza me traen cuando no despierto a tu lado, una tortura a la altura del mejor de los inquisidores, cuando te veo rodeada de agua, bañándote en un mar en calma a mi lado. Tu pelo flota cuando te sumerges conmigo y te adoro en cada mirada. Si dejamos que la brisa nos seque los cuerpos, con el sol como testigo, hasta la luna se ríe de mí si me despierto en mitad de noche. Luego trato de reconciliarme con mis sábanas, resignada al suplicio de no tocar tu piel mientras me quedo dormida. Las sábanas traidoras me rodean y me hacen creer de nuevo que estás conmigo, esta vez en casa, en nuestro sofá.
Pero hoy, cerrar los ojos no duele, porque sé que los abriré para que se encuentren con los tuyos. Que tu voz no está filtrada por ningún auricular, y que tu piel estará acariciando la mía. Y sí, a pesar de que por la calle me tendré que conformar con trastear con mi meñique, o podré hacerte la coleta con la excusa de tocarte el pelo... y puede que te dé un abrazo de amiguísima o juguetee con los pies por debajo de la mesa. Pero esto es mejor que 391 (eran tantos?) kilómetros de distancia, verdad? así que hoy enredaré mis manos en ti de la forma más discreta posible. Y te amaré como me dé la real gana. Hasta que lleguemos a casa. Le pese a quien le pese.