domingo, 18 de abril de 2010

Mandando a Parla a todo el mundo

Pues como voy adquiriendo costumbres (las serpientes son animales de costumbres, dicen), hay una especial que me ha gustado: mandar a Parla a la gente. Recuerdo la primera vez que te dije "mándalas a Parla". Ahora sé que hay que ir a Atocha y pillar la vía siete (correcto?). También sé que Parla está muy lejos y es súper tentador enviar allí a todo el mundo ¿te imaginas que se van y se quedan en Parla?

Después de las dudas, las inseguridades, el alcohol, los sermones (mira que la gente tiene la santa manía de darnos sermones, ni que fueran curas), los exs... voy a mandarlos a todos a Parla.

Solo quiero recordar la primera vez, aquel día 15 de marzo que me cogí un avión para ir a verte, el nudo en el estómago, tu cara preciosa entre mis manos, tus ojos llenos de miedo, el chico que venía ligando a mi lado en el asiento del avión (sí, creo que ni le dije adiós cuando te vi), nuestro primer beso, el piso de Dani lleno de luz (¿por qué hacía tanto sol? después esa casa no me ha parecido tan luminosa como aquel día)... ¿recuerdas aquel Ostara? y estar en Atocha cantándote aquello de "dame el tiempo que no te haga falta..." Y si quieres saber algo, el mundo desaparece cuando te tengo a mi lado, ni me acuerdo de la hora o del día de la semana.

Estos días me he dado cuenta de lo mucho que te amo y por una vez en mi vida no voy a dejar que las dudas e inseguridades me estropeen lo mejor que la vida me ha dado nunca. Solo quiero hacerte feliz, aceptar mi felicidad también y estar contigo. A tu lado, en el sitio que me corresponde desde el día en que nací. Me da igual por cuanto (espero que por mucho), me da igual todo lo que traigas contigo, te amo tal y como eres.

Así que te pregunto, ¿te parece bien si mandamos a todos a Parla?

viernes, 16 de abril de 2010

La roja y la Negra

Dos serpientes, siempre juntas, se enredan, se entrelazan en las curvas del camino. Dos almas, siempre en vuelo, se encuentran, se despiertan entre miedo y sombras.

Dos serpientes, el animal sagrado de la Diosa, recorren juntas un sendero que decidieron trazar en alguna de sus vidas. Una de ellas musitó insegura un "te amo" en algún momento. Aunque eran las palabras más certeras que jamás suspiraría, el miedo siempre dominaba las situaciones importantes de su vida. La otra, adivinó aquellas palabras en sus ojos, se perdió en aquellas lagunas, no quiso volver a salir del cielo que encontró más allá pupilas. Una quería ser de piedra, ser siempre fría y contener los mil mares que se escondían en sus ojos. La otra serpiente quiso amarla con todo lo que traía a cuestas, sobre sus espaldas, a través de sus ojos. "Quédate", repetía la serpiente. Benditas palabras, dulce locura, que llenaba a su compañera desde los más profundo de su alma. Trenes, silencio, despedidas a medias, miradas entrecruzadas. "Quédate".

"Me quedo, pues nunca nadie ha luchado por mí. Y me entrego, pues nunca nadie me ha dejado de exigir que me entregue" dice silenciosamente la serpiente que llegó de fuera. Y entonces, las palabras, que empujaban y hacían cola por salir, se atascaron atropelladamente en un pequeño cofre donde se duermen todos los verbos y adjetivos que se guardan como un tesoro, se paralizaron. Y el silencio, el bendito silencio, dejó que sus ojos hablaran sin palabras, aquello que nadie más comprendía, pues las serpientes habían aprendido su propio idioma. Dulce y divino don de la palabra. Y se quedará, seguro que se quedará.

Dos serpientes, siempre juntas, se enredan, se entrelazan en las curvas del camino. Dos almas, siempre en vuelo, se encuentran, se despiertan entre miedo y sombras.