Prolongamos en una milésima de segundo el roce de nuestros labios. Cuentan los latidos dos suspiros y medio. Y entonces nos encontramos. Buscamos perder el cuerpo, de pie, la una frente a la otra. Encontrarme tu mirada entre el desayuno, entre las letras de cada día, entre mil y una preocupaciones marca los momentos más perfectos del día. El segundo en el que esperamos que nuestros cuerpos se unan.
El roce de tu esencia en cada milímetro de mi espalda, digo esencia, no piel, pues ya hace tiempo que sentimos haber perdido el cuerpo. No siento tan siquiera el sonido del resto del mundo, que bien podría estar agonizando ahí fuera. Y mis lágrimas de nuevo se quieren escapar de su cárcel. El aire de tus pulmones se pierde en mi oído, me trae a la vida. Solo con escuchar ese sonido, que rompe el silencio de la habitación. mi mundo cobra sentido por sí mismo, como si una diosa moviera los hilos de mi existencia y la tuya y las encajara de la forma más armoniosa y perfecta. Siempre entre tus brazos, respirando, escuchándote respirar. Exhalando vida entre esos muros que me rodean y me separan del mundo. Inspirando, paz. Dejando salir de mi cuerpo todo lo que soy y lo que fui, perdiéndome más allá del tiempo y el espacio. Me siento tan pequeña mientras me cuidas como el día que llegué al mundo.
Ansío el instante en que me rodees y me hables desde atrás, siempre como el guardián de mi espalda. Y espero ese momento perfecto, cuando te hundes en mi pelo y siento cómo te derrites. Y te pregunto. Y lo único que puedes decirme es "solo tú, es tu olor". Y yo, que no sé cómo es mi olor, solo puedo decirte "aquí están mis palabras, solo eso." Te amo.
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