viernes, 16 de abril de 2010

La roja y la Negra

Dos serpientes, siempre juntas, se enredan, se entrelazan en las curvas del camino. Dos almas, siempre en vuelo, se encuentran, se despiertan entre miedo y sombras.

Dos serpientes, el animal sagrado de la Diosa, recorren juntas un sendero que decidieron trazar en alguna de sus vidas. Una de ellas musitó insegura un "te amo" en algún momento. Aunque eran las palabras más certeras que jamás suspiraría, el miedo siempre dominaba las situaciones importantes de su vida. La otra, adivinó aquellas palabras en sus ojos, se perdió en aquellas lagunas, no quiso volver a salir del cielo que encontró más allá pupilas. Una quería ser de piedra, ser siempre fría y contener los mil mares que se escondían en sus ojos. La otra serpiente quiso amarla con todo lo que traía a cuestas, sobre sus espaldas, a través de sus ojos. "Quédate", repetía la serpiente. Benditas palabras, dulce locura, que llenaba a su compañera desde los más profundo de su alma. Trenes, silencio, despedidas a medias, miradas entrecruzadas. "Quédate".

"Me quedo, pues nunca nadie ha luchado por mí. Y me entrego, pues nunca nadie me ha dejado de exigir que me entregue" dice silenciosamente la serpiente que llegó de fuera. Y entonces, las palabras, que empujaban y hacían cola por salir, se atascaron atropelladamente en un pequeño cofre donde se duermen todos los verbos y adjetivos que se guardan como un tesoro, se paralizaron. Y el silencio, el bendito silencio, dejó que sus ojos hablaran sin palabras, aquello que nadie más comprendía, pues las serpientes habían aprendido su propio idioma. Dulce y divino don de la palabra. Y se quedará, seguro que se quedará.

Dos serpientes, siempre juntas, se enredan, se entrelazan en las curvas del camino. Dos almas, siempre en vuelo, se encuentran, se despiertan entre miedo y sombras.

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